Sobre la Crudeza en el Hip-Hop
- Alejandro Melendres Telléz
- 7 jul
- 5 min de lectura
Opinión cultural
Sobre una máquina sónica que emite flujos (materiales e ideales), contenido y expresión. ¿En qué se asemeja un género musical a toda una cultura? Creo que ahí está una pregunta fundamental. Las culturas han evolucionado de una forma regional a una forma más global, en el sentido de la tierra que habitamos, tras los flujos migratorios, culturales, semióticos, energéticos, más que nada. Facetas de una misma totalidad que no se reducen a esa totalidad, pero que están contenidas dentro de tal totalidad.

Y el hip hop emerge de manera distinta, en contra de una cultura hegemónica, como cultura que va más allá de la región; más que una cultura espacial, una cultura temporal. Puede que ahora ya esté cooptado por el capitalismo, pero no pasa nada, ya es como todo o nada. Está en auge.
El hip hop, mediante sus elementos (tales como el MC, maestro de ceremonias; el DJ, mezclador; el break dancer, bailarín; y el painter o grafitero), los pilares del hip hop tradicional (MC, DJ, breakdance, grafiti): actividades, roles, maneras de devenir, figuras nunca fijas, facetas de esta subcultura contracultural que emerge de las calles, de lo rural dentro de lo urbano, del asfalto, del pavimento, del hormigón, del acero, de las piedras, de la arena, de la arcilla, de la tierra misma en un estado más crudo.
No exige pureza (ciertamente inalcanzable, como en la mayoría de los géneros musicales); de hecho, exige crudeza. De ahí nace: de una manera de distraerse del mundo sin olvidarlo, de una crítica social que se hace carne en el sufrimiento de las personas, en la identidad difusa que trata de hacerse rígida, de la perspectiva más justamente cruda que se pueda tener. Surge del dolor, surge de la injusticia, de la vulnerabilidad, incluso del crimen, del erotismo, de aquello que va más allá de lo meramente aparente.
La calle es materialmente su terreno de juego, su campo de guerra. Lo urbano (ese urbano que incluye lo rural, más allá de esa falsa dicotomía), aquello que persiste como urbano pero falta en su urbanización, que existe como tosco, pero que en tal condición encuentra su perspectiva más enriquecedora: la de aquello que se hace sin pensar en el arte y que, por su expresividad sincera, termina haciéndose arte. Sobre esa tensión entre aquello que se puede considerar arte porque se hace como arte o porque se interpreta como arte.

Flujos de decadencia que se reconocen, una performance sobre la riqueza que uno desearía tener, sobre aquello que no logró tener por la injusticia de la existencia, alguna ausencia que determine, entre otras, una consistencia de la experiencia. Quizás se trate más de algún compás oscilatorio, algún cambio constante entre estados, un vaivén que define el ritmo, la melodía. Del ritmo emerge la melodía, provisionalmente al menos, y se redefine la cuestión del arte, más específicamente de la música misma.
¿Qué es lo que podemos hacer en este mundo cuando las palabras no alcanzan? El rap surge de esa particularidad de tratar de rozar la experiencia más con los sonidos, a vueltas, a giros, de alguna progresión de lo que no se hace absoluto, de alguna cuestión de aquello que persiste como lucha en el mundo, quizás un poco desde el pesimismo: solamente hay sufrimiento y aburrimiento, siendo la felicidad una ilusión temporal del pensamiento que captura el sentimiento.
Y así lo coherente se hace letra, partiendo de lo incoherente. Incluso en ese sentido, el flow antecede al sentido: la concordancia entre instantes, la repetición y la diferencia. Y así suceden cosas legendarias, en las que el pensamiento sigue naciendo del sentimiento y ambos de la acción, la conducta (en su conjunto, comportamiento), y nos situamos en un momento concreto, en algún punto histórico no abstracto.
Está sucediendo ahora mismo lo que se contará en los libros de aquí a varios años: los registros de los hechos, que nunca son alcanzables por sí mismos, sino solamente rozados, solamente por el rozamiento del mito, entre escritos y dichos, entre lo que se escribe y lo que se habla. Y pasa el tiempo, la inspiración sube y baja, depende del contexto; se conectan rimas a modo de cadena para explorar ideas ligadas a afectos. Completo decir, completo vivir: jamás posible, siempre incompleto, un sentido que se llena, pero jamás por completo, siempre parcial, nunca total.
Y el hip hop sale de la sangre caliente, de la saliva espesa, de las lágrimas secas, de los suspiros acelerados, de la mierda del cuerpo. Ninguna idea viene por sí sola, no hay idea pura, todas emergen de la materia. Ojalá pudiera, de mis ideas sobre mi pasión (una de tantas, el hip hop), hacer un manifiesto. Por lo menos un panfleto, y de varios panfletos, algún escrito, algún texto, algún libro.

La complejidad que trata de subsumirse en cierta simplicidad, cuando los votos se hacen por decisiones, aquellos grados de libertad que nos componen. Una libertad ínfima, casi inexistente, que solamente existe en el reconocimiento de lo oscuro, de lo inconsciente, de lo indeterminado que define lo determinado.
Aquello que mueve, aquello que despierta, que activa, que no se lamenta, que sufre mucho, pero persiste, que insiste. Dos vueltas más. ¿Acaso algún talento es suficiente para hacer de este momento algo épico, cuando el éxito se añora, tal como lo que se diga, una cantimplora en el desierto, gotas de agua, lágrimas de alguien más? Quizás, quizás, quizás... lo que va, lo que sube, lo que baja, lo que viene, lo que se da, lo que se recibe.
Mientras tanto, otro lamento que evita hacerse tal, algún sufrimiento inevitable, en honor a esa gente inigualable, irrepetible, inolvidable. Las poesías que se lleva el viento, las poesías como multiplicidad de la poesía, la disciplina que permite que los poemas sean tal, que oscilen entre la prosa y la rima, aquello que me estima, me hace sentir perdido y encontrado, nuevamente oscilando.
La calle bajo mis pies, mis rodillas al revés, nunca rogando; adelante, caminando, tratando de pararme mientras caigo en más idiotez. Y aquí vivo, aquí persisto, aquí insisto, aquí ahora, entre la fauna y la flora, un cuerpo en el entorno del cual emerge una mente, una de varias mentes, una por instante o quizás varias, pero el mismo cuerpo, fragmentado en casi infinitos pedazos, de partes infinitesimales, escalas y grados, niveles y estratos.
Árboles que me rodean, arbustos, flores, pasto en el que me recuesto, mirando el cielo. Y algún día será otro lamento más del cual tendremos que renegar, porque la vida no se rinde, continúa, porque el fin no ha llegado más que como ilusión. No hay fin absoluto ni inicio absoluto, todo inicio es parcial, todo fin es parcial, todo inicio es un fin, todo fin es un inicio; no hay linealidad, sino ciclicidad, no hay una línea simple, sino un ciclo de ciclos.




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